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Cuestión de vida o muerte

Las fundaciones “a favor de la vida” -como si estarlo fuera un mérito- causan gracia por sus argumentos. Ahora, legislar sobre el aborto, una decisión crucial para en la vida política y social de un país, es “una cortina de humo”, una pantalla utilizada por el maquiavélico gobierno para ocultar la crisis. Habrá que ser muy corto de vista para creer que una crisis económica de tan vasta magnitud pueda ser amenazada por el tema del aborto. Los que están “a favor de la vida” -insisto, una absurda redundancia- sufren una miopía o un aguzado rencor político al gobierno “progre”, irreverente, de don Zapatero.

No hay que ser ningún genio para darse cuenta, sin embargo, de algo: los países más desarrollados del mundo tienen leyes que permiten el aborto. Entre ellos, Holanda, Estados Unidos, Francia, Alemania. Tampoco hay que ser muy sagaz para notar que en estos países, y cada vez con mayor claridad, la Iglesia está separada del Estado. Esto es, la Iglesia no tiene nada que hacer con la cuestión pública. Protesten o pataleen los obispos, archiobispos y megaobispos, como quieran llamarse, una cosa es el reposo espiritual de las almas que se sienten pecadoras -allá ellos, por mi parte- y otra muy distinta es la intervención en la cosa pública. Pero está claro que ni aquí en España, ni en Italia, ni en la mayoría de los países latinoamericanos, católicos apostólicos romanos por excelencia, será muy fácil instaurar una ley pro aborto. Es que las fundaciones pro vida, tan concientes por la vida, están seguros de su derecho de defender aquello que consideran propio, casi: las almas ajenas.

El problema del aborto es un problema real. No se trata de ninguna pantalla, ninguna humareda que el gobierno trate de imponer para dejar de tratar el tema de la crisis. Es más, probablemente el aumento de un 73 por ciento de abortos en casi diez años (85.000 mujeres abortaron en 2004) tenga mucho que ver con la crisis. Y esto no se soluciona poniéndose a favor de la vida, ni condenando a todas aquellas que decidan no parir por la razón que fuere.

Las fallas son un sistema de salud que no da abasto, una falta de educación sexual verdaderamente abarcativa, disponible para todas las clases sociales (otro de los temas escabrosos para la bendita Iglesia), la precariedad laboral, la falta de condiciones, y la lista sigue. Si ser “progre” significa apoyar la sanción de una ley que contemple, por lo menos, que las mujeres no mueran cuando deban realizarse un aborto porque esté mal hecho y en condiciones paupérrimas, entonces no tendría ningún prurito en serlo.